Mostrando entradas con la etiqueta Flores raras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Flores raras. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de octubre de 2010

Volver

Hace días que no entraba. No era a causa de que estuviera en la cárcel como había anunciado a bombo y platillo mi archienemigo, el supervillano Matías Prats. Ciertos asuntos de notarías, abogados, peritos y hospitales psiquiátricos me retenían en contra (o a favor, ahora no lo recuerdo)de mi voluntad.

Después de un período de descanso (vigilado) me hallo en perfectas condiciones de seguir perpetrando (digo escribiendo) comentarios y entradas. He vuelto para menoscabo de vuestras psiques! Y ahora las pastillas ya no son rosas! son azules! y con sabor a anís!

sábado, 4 de septiembre de 2010

Con (o sin) amor

Te lo juro, voy a recorrerte entera, vas a tener pesadillas con mi cuerpo y vas a estar deseando irte a dormir para tenerlas una y otra vez, una y otra vez. Vas a dejar el teléfono apagado, las luces encendidas, y yo voy a cantarte "Sweet dreams" de Marilyn Manson para que te duermas, y tú vas morder la almohada y vas pensar que no, que no es posible que el vello de tu piel se erice de esa forma hasta el cuero cabelludo mientras te susurro al oído que no me importa que te duela un poco, que ya pronto se te pasará porque en nada estarás ahogándote con ella dentro, nunca he entendido ese afán por meterte en la boca algo que ambos sabemos que no te cabe. Pero me gusta, me gusta que la quieras toda.

Y me levantaré a beber agua y cuando vuelva de la cocina con un vaso para ti te econtraré hecha un ovillo, sujetándote las piernas con los brazos para detener el terremoto que las hace temblar. Y me mirarás con los ojos como dos incendios y me preguntarás "¿pero qué me has hecho?" sin articular palabra. Y yo me acercaré y te acariciaré el pelo y tú dirás "de que se me pase, otra vez". Y yo pensaré que, probablemente, no se te pasará en dos días. Estadísticamente hablando el amor es que lo hagamos dos veces más esta noche pero entenderé que intentes dormir o saber qué es lo que le está pasando a tu cuerpo.

Y me levantaré e iré al sofá y miraré por la ventana, o leeré esa novela de Murakami que tengo a medias, y tú vendrás envuelta en una sábana y te tumbarás y estaremos así un rato, hasta que nos venza el deseo y te folle despacito y en silencio, como si te administrara un calmante, algo que te alivie el temblor de tus entrañas, y te besaré y te sujetaré la cabeza mientras te miro directamente a los ojos ¿te he dicho alguna vez que te estaría follando a todas horas sólo para que me aguantes la mirada y así poder mirarte a los ojos todo el tiempo que quiera? Tu piel es el segundo premio, el primero es atravesarte el alma a cada embestida mientras buceo en el agua cristalina de tus ojos.

Y te llevaré en brazos hasta la cama y te aferrarás a mí como un molusco a una roca y yo tardaré en dormirme porque seguiré teniendo la duda de si esto nuestro es sólo sexo, de si ves en mí al hombre que soy, el hombre inseguro que reinvento cuando te doy la vuelta y te la meto desde atrás con fingida y ruda violencia. Me preguntaré si algún día entenderás que sólo soy un niño perdido que te necesita precisamente a ti a su lado, que ahora que te he encontrado tengo la fuerza necesaria, que precisamente contigo me atrevo a ser quien soy, y pasear de la mano y sentirme a salvo y querer estar contigo a todas horas.

Me pregunto si podré contarte alguna vez que te estoy empezando a querer, que estoy empezando a pensar que me gustaría que pasáramos más tiempo juntos, que te vengas a vivir a mi casa, la tranquilidad de tus braguitas al abrir los cajones de la cómoda, que joder, que no te vayas a tu casa mañana, que no, que no es sólo sexo esto nuestro, que no es sólo que me gusta cómo me acaricias el pelo, es mucho más, es todo lo demás.

Y no sé si tú piensas lo mismo, y no me atrevo a preguntarte. Y sé que mañana has quedado para ir al cine con tus amigas, que no sé si saben ni siquiera si existo o es sólo que te sienta bien ese nuevo corte de pelo.

sábado, 7 de agosto de 2010

una tarde cualquiera de agosto


Quedamos para comer en un restaurante del centro. Me dijo que se iba con su marido y los chicos de vacaciones pero no me dijo dónde, imagino que por si se me ocurría aparecer por allí por sorpresa alegando una coincidencia que, a todas luces, era increíble. Se tomaba unas vacaciones de su rutina y por supuesto, sin que llegara a decirlo, de mí.

Podría decir que sentí cierto alivio pero mentiría, en realidad no sentí nada, quizá el fastidio de tener que buscar algo que hacer después de trabajar en una ciudad atestada de turistas, sin nadie a quien llamar, otra vez solo, otra vez la misma historia, esa que me lleva a empezar de cero con tanta frecuencia. No sabía que aún faltaba mucho más.

A primera hora de la tarde, mi jefe me llamó a su despacho y me felicitó por mi trabajo. "Sinceramente, Alvarez, te dimos más trabajo del que pudieras hacer para tener la excusa de despedirte el mes de agosto y volverte a coger en septiembre. No pensábamos que lo terminarías". Me sentí orgulloso de mí mismo, un orgullo tímido y con un bonito traje de falsa modestia, un orgullo de haber podido conservar mi puesto de trabajo ahora que tanto lo necesitaba. Le sonreí. Siguió hablando "pero durante el mes de agosto, debido al poco volumen de demanda no podemos mantener a toda la plantilla, así que tendremos que hacer lo planeado. Te va a parecer gracioso pero si no hubieras acabado el trabajo que te dimos ahora tendríamos trabajo para que te quedaras en plantilla todo el mes de agosto". Dejé de sonreír. Continuó diciendo "estamos contentos con su trabajo, has rendido más en un mes que muchos antiguos empleados en un semestre, por eso te llamaremos en septiembre".

Me levanté de la silla aturdido, me parecía que hacía mucho calor y salí del despacho sin despedirme y aflojándome la corbata, fui al expendedor de agua y bebí compulsivamente un vaso tras otro ante la atenta mirada de la secretaria de dirección. No aplacaba mi sed, dicen que una descarga de adrenalina te deja seco, ahora sí que no sabía cómo iba a pagar el alquiler ni siquiera cómo comprar comida a partir del día quince. No cobraría el subsidio hasta septiembre. Con mi trabajo esta gente habían ganado casi 230.000,00 €.

Mi cuerpo, a pesar de la sed, rebosaba de agua. Fui al baño y llené una botella de agua de litro y medio, mitad con el destilado de mi cuerpo, mitad con agua del grifo. Durante el resto de la tarde me entretuve viendo cómo mis compañeros (pocos) se citaban en la Nespresso y tomaban café enriquecido. "Me llevaréis muy dentro" pensaba yo. A las cuatro el jefe se tomó su habital café americano con gran deleite. Me miró y sonrió. Le devolví la sonrisa.

A las seis salí con el resto de compañeros de trabajo, nos despedimos fríamente con un "hasta pronto". Nadie dijo "llámame si te quedas por aquí", Doris, la chiquita de facturación quiso decirme algo pero no se atrevió en el último momento. Llegué a casa a las siete, me cambié y salí a correr una hora más o menos. Cuando regresé tenía diez llamadas de mujer rubia. Pensé que la llamaría después de ducharme. Mientras estaba en la ducha llmaron al timbre de la puerta.

Me cubrí la cintura a modo de falda con la toalla y abrí. Allí estaba el marido de mujer rubia. No dijo nada, no se movió del sitio, sólo me miró con una pregunta taladrándome a traves de sus ojos vidriosos, una pregunta indefinida ante la confusión de no saber si sentir odio, miedo o tristeza y sentir todo eso al mismo tiempo. Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Bajé la vista y él soltó un suspiro, al menos, debía pensar, yo no había podido aguantarle la mirada, al menos me había ganado en algo. Se dio media vuelta y bajó las escaleras lenamente, en el descansillo del piso de abajo rompió a llorar.

Yo cerré la puerta y me metí en mi habitación. Sin saber muy bien porqué empecé a meter mis pocas cosas en las maletas. Sólo dejé fuera la ropa que me iba a poner al día siguiente. Me hice la cena y cené. Ví un rato la televisión sin verla, trtando de desmadejar el lío que tenía dentro de mi cabeza. Dormí. Dormí y soñé que te encontraba y me sonreías y me querías. Soñé que me apoyaba en tu regazo y tú me acariciabas el pelo y me decías que no importaba, que siempre estarías ahí y que todo lo superaríamos juntos.

Por la mañana salí de casa dejando las maletas en el recibidor. Cogí el 17 y luego fue caminando hacia la puerta del cementerio, me gasté los últimos veinte euros en unas flores, no eran tus favoritas, la mujer del puesto no quiso vendérmelas por tan poco dinero. Y sí, lo siento, te eché en cara que te fueras sin avisarme y tuviera que hacerlo la policía, y sí te eché en cara que me hicieras la vida tan fácil porque después ya no supe qué hacer sin ti, que me dejaras en manos de la lluvia y los cielos plomizos, en manos de la vaga esperanza de que todo fuese al final un mal sueño.

Volví a casa, cogí las maletas y bajé a la calle, sin rumbo, sin saber a dónde ir. Estuve todo el día con las maletas a cuestas por Barcelona, estuve en la estación de Sans y en plaza Catalunya, subí Paseig de Gràcia y me tomé un café (1,30€) en el Jamaica que hace esquina entre Torrent de l´Olla y Córcega, donde quedábamos las primeras veces, donde empecé a acostumbrarme a tu alegría, a querer que no llegara la hora de despedirnos.

A las diez de la noche volví a casa, más por no dormir en la calle que por querer estar ahí un minuto más. A pesar de no haber comido nada en todo el día no tenía hambre. Tampoco tenía sueño pero me metí en la cama. Y volví a dormir y volví a soñar, pero esta vez no contigo, soñé con mis padres y mi hermana, con mis sobrinos, con unos tíos que casi nunca veo. Por la mañana llamé a todos mis amigos y nadie me cogió el teléfono. Luego salí a la calle, esta vez sin maletas y fui hasta el parque de la Ciutadella, me senté en un banco, parejas felices con niños en bicicleta, perros felices con correas de cuero, hacía sol, cerré los ojos, y deseé que ese instante durase para siempre.


sábado, 31 de julio de 2010

Duerme conmigo


Siete llamadas en una hora. No le cojo el teléfono. Mi jefe me mira mal y no sé si acierto muy bien al dar una explicación "Es una llamada personal, la devolveré a la hora una vez haya salido". "Parece urgente, la próxima vez, cójala Álvarez".

Suena de nuevo. Mi jefe me mira con severidad. Me levanto y salgo de la oficina en dirección a la calle. En la puerta dos chicas de administración fuman y hablan de hombres. En cuanto me ven llegar apagan sus cigarrillos y entran de nuevo en el edificio con cara de "¿se habrá dado cuenta de que llevamos aquí quince minutos?". Descuelgo al décimo tono.

-¿Por qué no me cogías el teléfono?- me suelta como una primera andanada a la que sé que seguirán otras si no lo paro a tiempo.

- Estaba con mi jefe. Lo has puesto nervioso.

_ ¿Tanto costaba descolgar decir que estabas con él y decirme luego te llamo? me dice notablemente enfadada, como una niña pequeña con la llegada de un nuevo hermanito.

Querría decirle que no estaba seguro de si la iba a llamar luego, quería decirle que tal vez la última vez fue, esta vez sí, la última vez.

_ Creí que entenderías que en horario de trabajo mi disponibilidad para discutir es limitada. Generalmente suelo estar concentrado en lo que hago y tengo que estar muy seguro para poderlo defender en las reuniones con mi jefe. Sabes que no puedo perder mi trabajo. Ahora no.

_ Me podías haber enviado un sms, yo te importo muy poco ¿verdad?_ dice en un tono que quiere que parezca triste pero que es otra cosa, no sé muy bien qué, pero otro sentimiento distino, el parásito que se alimenta de ese sentimiento.

No digo nada, podría decir que no, que no me importa un pimiento, que la detesto por su traición pero sobre todo por esa excitación que siente ante la idea de esa traición. No puedo dejar de pensar que ojitos azules probablemente sentiría ese mismo ardor en la sangre que ella, esas ansias por bajarle los pantalones y cogerle la polla con la mano y notar esa fuerza que cree en ese instante que sólo es para ella. No, no puedo decirle que no existe en el mundo una razón para que quiera estar con ella excepto la insana violencia que mi cuerpo elimina con el sudor y las embestidas contra su cuerpo, no podría decirle que follarla es lo más alejado que he estado nunca de hacerle el amor a una mujer.

_ Si no me importaras no te estaría llamando_ le digo.

_ Lo siento, Al, necesito verte, ni como, ni duermo; no vivo. Esta tarde iré a tu casa. A las cinco. Dime que sí.

No me gusta ser la droga de nadie, no me gusta que deseen estar conmigo porque les es insoportable el no estarlo. No, porque me convierto en un objeto, algo que sacia a un monstruo que vive en las profundiades del alma y que siempre está al acecho, un monstruo que no duerme, que sólo busca algo que le calme y está dispuesto a todo por ello. No, definitivamente no me gusta esto.

_ No, rubia, será mejor que no.

Podría decirle que ella llegará a las cinco con una bolsa de una tienda de marca y se irá a las ocho llevándosela como excusa perfecta cuando llegue a casa. Y entonces yo me calzaré las deportivas y saldré a correr para poder descargar toda la rabia que, en lugar de irse del todo, ha dejado hueco para otra más ácida y menos sana, una rabia de vida desperdiciada, de vida sujeta a una inercia de días absurdos, de soledad muy bien disimulada, una rabia-soledad de libros en la mesita de noche, de ir descontando las horas hasta que llegue, de nuevo, la muleta de la rutina, de sacar el coche del garaje e ir quemando gasolina hasta el trabajo, de dejar el alma en la puerta de la oficina junto al cenicero y las colillas de las chicas que bajan a fumarse el cigarrillo.

_ Pídeme lo que sea, Al.

_ Quédate a dormir conmigo.

Ella permanece en silencio unos segundos. Luego dice:

_ Sabes que no puedo.

jueves, 29 de julio de 2010

Mujer rubia (ciudad inundada)


Y por los rincones de tu boca me resbalo, haciendo mil y un gestos para no caer… y caigo… de bruces sobre tu pecho, caen mis manos bajo el dobladillo de tu vestido y tú suspiras, diría que de alivio, de acabar por fin algo que esperabas hace mucho tiempo, algo que ha tenido que ver con que eligieras precisamente lo que llevas puesto. Me sorprendió que el otro día te vistieras así para mí, desde entonces sólo sueño con ello.

Me dices que soy el hombre más sexy con el que has estado nunca. Yo me río y me miro de reojo en el espejo y pienso en que tienes poco mundo si crees eso, y me preguntas de qué me río y yo te digo que de esa forma cursi de decir sexy, de cómo pones los labios pero en realidad pienso en las ganas que tengo de morderte la boca para que sepas con qué clase de bestia estás tratando. Te voy a morder hasta el alma, te voy a arrancar aquello que eres al tiempo que te quito la ropa. No sólo tu cuerpo quedará desnudo, te lo prometo, te lo juro.

Dices que tengo los ojos del color de los bosques, que hay una animal dentro que lo habita, otras antes que tú dirían que son del color de una selva donde es fácil perderse, de donde sólo se sale huyendo. Probablemente tengan razón, probablemente tenga el corazón de las tinieblas metido en el pecho y busque la luz que no tengo en ojos ajenos. Deberías tener miedo, deberías dar media vuelta y olvidarme antes de que te coma el alma contra la pared de cualquier habitación de hotel.

Quien me conoce sabe que no soy un cazador, o no por lo menos de los que coleccionan trofeos. Soy sólo alguien que necesita un sucedáneo porque no puede o no sabe obtener lo auténtico, porque sólo sabe odiar, porque todo lo que toca se rompe en mil pedazos y lo sabe también, porque de mil veces una sola ha sido casi normal, porque de tanto querer a ratos, ha acabado creyendo que es mejor no depender de ello.

Sé que no leerás esto nunca, que no conoces la existencia de este blog, que esta tarde cuando me digas por enésima vez “esto se ha acabado” y yo te diga por primera “reconoce de una vez que eres un poco zorra” y tú me cruces la cara delante de todo el mundo, yo ya lo habré escrito.

Es lo más cerca que he estado de querer a nadie. Me das miedo.

Y cuando tengo miedo el animal que llevo dentro se vuelve loco.

miércoles, 28 de julio de 2010

Mujer rubia


Oigo la puerta cerrarse. El silencio suena como un pitido dentro de mis oídos. Son las nueve de la noche y todavía el bochorno es insoportable en Barcelona. En la calle, diez pisos más abajo la gente abarrota las terrazas y agotan los barriles de cerveza. Si me asomara a la ventana la vería cruzar la calle por el paso de cebra, entrar en el parking de enfrente y vería salir su Toyota gris oscuro al cabo de un minuto.

Se ha levantado de la cama creyendo que yo dormía, se ha quitado de encima mi brazo convertido en peso muerto, y ha ido recogiendo la ropa del suelo desde la cama hasta la puerta. Luego se ha sentado en una silla y se ha ido vistiendo despacio, tal vez mirando mi cuerpo teatralmente inerte, de lado, encima de unas sábanas revueltas. Entonces ha sido cuando yo me he hecho el despierto, o tal vez debería decir que he despertado por segunda vez, ésta, abriendo los ojos y buscándola a sabiendas de que estaba sentada en la silla.

Se ha levantado y me ha mirado, ha intentado sonreírme, no había nada en sus ojos, no había ni siquiera un amorodio, no había un reproche, sólo había un "qué demonios estoy haciendo", sólo había una confusión, un no saber qué, cómo, ni cuándo, empezó todo esto. Puede que se sienta culpable aunque no lo creo, puede que esté pensando en qué le dirá a su marido para justificar llegar tan tarde.

Me estoy acostumbrando a ese tipo de miradas, a esas oquedades en las que debería haber un sentimiento en lugar de ese "me voy, no siento nada por tí. No lo volveré a hacer, quiero a mi marido, esto no ha ocurrido". Sí, me voy habituando a despedidas sin heridas que sangren, a coleccionar arañazos en la espalda, a que sólo le falte dejarme cien euros en el cuenco al lado de la puerta.

Ella regresa a casa con sus hijos adolescentes esperándola, a su marido que quizá la mire y no pregunte; y no sabrá, ella no sabrá, que daría media vida por llegar a casa y que alguien estuviera allí, que resulta una paradoja que hace sólo cuatro meses otra mujer me estuviera haciendo lo mismo a mí que ella a su marido, con el que me siento por igual solidario que culpable, mucho más de lo que sentirá ella, como sólo se puede sentir un engañado al traicionar a un desconocido pero tan igual a él mismo.

Y volveremos a vernos, y ella me dirá que no estuvo bien lo que hicimos, y en su tono de voz sabré que no había sido la primera vez y que, por el modo de apartarse el pelo de la cara, por la forma de jugar con los palillos japoneses volveremos a subir y follaremos con un ansia salvaje sospechosamente opuesta a la tristeza, esa que nos dejamos luego en lugar de los teléfonos el uno al otro, una tristeza que no le impedirá decir "te quiero" a otro hombre media hora más tarde, una tristeza que se irá cuando se quite por segunda vez las bragas (negras) y se ponga ropa limpia (blanca).

Y yo tal vez escribiré una entrada en el blog, y tal vez se me cierren los ojos y vea que es muy tarde y no alargaré mucho la historia. Una historia que no tiene sentido, algo en lo que ninguno de los dos está de acuerdo. Mañana la llamaré y le diré que mejor no nos vemos y ella responderá que sí, que es mejor que no nos veamos para luego convocarme a decírmelo cara a cara, para que todo empiece y termine de nuevo.

martes, 13 de julio de 2010

He caído


Como una bandeja llena de copas de champán en una fiesta de puesta de largo, como el glaciar del perito Moreno, como cae un elefante por un precipicio, como un pastel relleno de chocolate.

La he llamado esta mañana. ¿Por qué? No lo sé. La he llamado. Hemos hablado y nos hemos reprochado cosas, lo mismo de antes, lo mismo de siempre. Parece que la distancia va cumpliendo su misión y que el silencio de estos días ha sido como una fina capa de hielo que ha ido recubriendo las palabras tantos días guardadas. Por ambas partes, por todas las costuras de la personalidad que nos viste.

Le traicionó el beso de despedida, fugado a traición de la cárcel donde estaba preso. Me pregunté si alguna vez podremos volver a tener ni siquiera una cuarta parte de la confianza que nos tuvimos y me respondí que ya no, que ya nunca.

Luego la mañana se me hizo amena, cayeron las horas lentamente pero con dulces paréntesis, luces en la negra noche de estos años, las manos se me avejentaron en minutos, cayeron los postigos de las puertas, se allanaron los últimos montículos de papeles de mi mesa, se hizo la luz, se hizo de día.

Y calor. Sobre todo hizo calor. Pero yo ya estaba lejos, estaba a eones luz de distancia, en una sensación nueva para mí, entre la esperanza y la certeza, una ingravidez de mentirijillas, donde el tiempo volvía a transcurrir lineal y sin quebrantos, donde veía caer, a través de los cristales de las ventanas (y hacia arriba) las hojas de los árboles del próximo otoño.

Porque cuando se desatasca el tiempo es como si se rompiera una presa, cuando dejas atrás una etapa de tu vida, la nueva irrumpe con la fuerza con la que la has ido empujando para que no saliera, como una pelota la empujas hacia abajo en una piscina.

Y sí, la he llamado, y sí se me ha quedado mal cuerpo. Pero ahora todo es distinto: me importa todo más (y casualmente todo mucho menos).

jueves, 8 de julio de 2010

Mediodía

Cuando peor lo llevo es cuando es la hora de comer. Yo como a la 13:30h y ella lo hace a las 14:00 h. Está a poco más de 20 km. Yo como solo, ella come sola, aunque últimamente siempre algún amigo a visitarla. Yo le digo que no son amigos, que son pretendientes, ella me decía que no, pero "curiosamente" me fue dando la razón en muchos casos.

Yo le decía: Siendo rubia y con los ojos azules, los tíos te tomamos por lo exótico. Al fin y al cabo lo exótico es lo poco común. Podría ahogarme en el océano de tus ojos.

Ella me contestaba que para ella lo increíble eran mis ojos verde-bosque "verde salvaje" me decía. Y entonces yo le hacía el amor de con violencia, le susurraba al oído cosas que sólo son capaces de soñar las alimañas y de las que se arrepienten después cuando despiertan. No quiero pensar. Hoy no, y sin embargo este silencio y esta soledad de la oficina me empujan a ello.

Toda la mañana pensando en ella, en qué estará haciendo, hasta qué punto le importará esta distancia, si me enviará un mensaje porque no puede soportar que yo me haya ido o si su felicidad de estar con el otro será la sábana que cubra mi cadáver.

Si de algo estoy seguro es que a él le conderá privilegios que yo no tuve, no me preguntéis por qué. Quizá porque no quiere que el tiempo lo acabe por pudrir todo, tal vez porque haya aprendido algo. No sé.

A veces tengo la sensación de que a mí siempre se me pone el listón más alto. Igual estoy un poco susceptible. Debe ser que tengo sueño, que duermo mal, que sigo sin entender las cosas.

viernes, 28 de mayo de 2010

Reflexión



Después de la pataleta llega la calma, la aceptación, el "bueno, la vida es así". No sé hasta qué punto es bueno sacar toda la rabia, imagino que debe de ser mejor que dejarla dentro. Lo que tampoco sé es si publicarlo aunque sea en un lugar perférico tiene un sentido.

Ahora me releo y veo lo mezquino que acabo siendo, reconozco que ahora me avergüenzo de haber escrito lo que he escrito. Y si lo mantengo publicado es para recordarme lo feo que puede llegar a ser vomitar rabia.

Supongo que a veces se intenta hacer las cosas para dañar lo menos posible al otro y que ella ha intentado ocultarme ese nuevo amor por no hacerme daño. A día de hoy sigue obviando que yo lo sé como cuando uno no quiere oír o ver o entender, como el que se viste de rojo para ir a jugar al paintball. No sé, en cierta forma me he ido acostumbrando y he pensado que mejor aceptar que uno no es tan importante para el otro como a uno le gustaría ser. A veces la decepción es más por ese motivo egocentrista que por el daño que puede suponer un lazo roto que creíamos que iba a durar siempre.

Reconozco también que me cuesta entender los cambios de afecto repentinos y que yo soy mucho más de fidelidades y camaraderías de largo recorrido. Ayer, mi amigo Francisco me dijo que yo no tengo enemigos, que siempre caigo bien. Yo reflexioné acerca de que de todos los amigos de la carrera yo era el único que no había construido una vida en pareja, incluso los más frikies, los que para conectar con algo parecido a sentimientos habían acabado encontrando quien les acompañara. Supongo que a esta edad debo empezar a hacerme a la idea de que todo ya va a ser difícil, que llego tarde y las cosas entran en una fase menos afectada por el compromiso. No sé, quizá haya pasado una etapa sin ni siquiera haber entrado en ella.

Los tiempos son los que son y es cuestión de empezar a darse cuenta de que hay que adaptarse a ellos.

Siento haber dado la vara.

domingo, 23 de mayo de 2010

El silencio

El silencio: probablemente tenga una definición, puede que sea algo así como la ausencia total de sonidos, pero el silencio por mucho que sea algo standard, no siempre es el mismo. Si el teléfono no suena el silencio habla y dice que no quiere llamar, que no lo va a hacer porque no lo necesita.

Ayer me llamó. Estaba aburrida en casa, tenía planes pero a última hora se los cancelaron. Su frase fue "Igual me voy a... (el nombre del pueblo) esta noche y no mañana, depende cómo me dé", es decir había quedado con alguien que podría ser que la pasara a buscar el sábado por la tarde o bien el domingo por la mañana. Tenía la bolsa hecha a las cinco de la tarde. Bien, ese alguien no pudo pasar, se aburría y me llamó. Fue una conversación banal, intrascendente, yo había salido a caminar y llevaba los auriculares del teléfono. No me costaba caminar y hablar al mismo tiempo.

No sé qué me duele más, si que me haya dejado o que me haya cambiado por otro tan pronto. Supongo que eso da igual y que, en realidad, el dolor tiene que ver con la autoestima y ese dolor viene para enmascarar la rabia. ¿Merece la pena? (y nunca mejor dicho). Probablemente sí y no al mismo tiempo. En realidad, querer razonar esto que me arde dentro, cartografiar este universo incandescente, no tiene sentido. Y no tiene sentido porque el tiempo atraerá el olvido como un imán un trozo de hierro. ¿Qué importancia tiene el tiempo entonces? ¿Qué debo hacer mientras espero a que se la lleve?

Quizá lo mejor hubiese sido no habernos conocido nunca, que yo no hubiera ido a aquella verbena y que no me murise de ganas de volvera verla. Quizá no hubiera tenido que llamarla aquel viernes mientras iba camino de El prat. Lo recuerdo como si fuese ayer. Siempre tuve buena memoria. Demasiado buena. Maldita sea.

Ahora ya da igual. Todo da igual.

sábado, 22 de mayo de 2010

Sábado por la tarde



Esta mañana me ha llamado. Ha insistido, ha llamado tres veces. Así que le he devuelto la llamada. Hemos hablado de una amiga en común, ha ido a la peluquería me ha contado, le pregunto qué hará este fin de semana. Me dice que irá a su casa del pueblo con su familia. Ambos sabemos que es mentira, nadie va a la peluquería para ir con su familia al campo. Me llama porque es la llamada del fin de semana y cuanto antes la haga, mejor excusa tendrá para no llamarme el resto del fin de semana. Le pregunto qué hará esta tarde. Me dice que la asignatura de empresariales que hace a distancia. Y en ese instante algo me dice que he llegado al límite de lo humanamente cortés. Si sigo ahí me voy a acabar haciendo daño y total, acabaremos mal de todas formas.

El lunes voy a una comida en casa de MS, vendrá gente variopinta, amigos y gente desconocida para mí, y algunos conocidos que no me caen demasiado bien porque su ego de escritores, su ego de supercoach y todas esas cosas a mi me repatean. No soporto tener que imponerme en una conversación ni tener que demostrar nada a alguien que de antemano ya ha decidido que es mejor que yo. A veces me dan náuseas y me dan igual náuseas las personas que te miden por el ese tipo de éxito. Bueno, el caso es que a las seis ella saldrá del trabajo e irá hacia allí. Es justo que todo termine en el mismo lugar en el que nos conocimos. Le llevaré las cosas que se dejó en mi casa. No le diré "toma, así no tienes que comprar un segundo juego, ya tienes el kit intacto para dejar en la otra casa". No, no se lo diré. Supongo que le diré que es mejor que no nos llamemos más y ya está.

Estoy harto de hacer siempre el papel de estar ahí por si acaso, para hacer todo ese tipo de cosas que se supone que debe hacer el otro. No, yo no voy a ser el que es capaz de aguantarlo casi todo, no voy a tragarme mi orgullo porque mi orgullo es mucho y además engorda.

Ya no me pregunto el porqué me pasa esto. Ya sólo me pregunto cuánto tiempo tardaré en olvidar.

PS: Lo jodido es que trabaja en un edificio que se ve desde la autopista y que paso a menudo por ahí. Supongo que no podré evitar pensar en ella como no puedo dejar de pensar en Esther cuando paso por Sabadell o cuando sale Mallorca en la televisión. Supongo que al final todo se supera. Sospecho que esto lo pasaré más pronto de lo que creo, no porque no la quisiera, no porque crea que ella no me quiso, sino porque se me va apagando la sangre un poquito en cada despedida. A veces tengo la sensación de que mi vida es una larga despedida, que siempre me estoy despidiendo, que en cuanto conozco a alguien, en realidad, ya hemos empezado, de algún modo, a separarnos.